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Conforme se acercaba el mes de noviembre Maria, mi abuela, comenzaba a hacer una lista. Al final, ya sabia cuantas veladoras debia pedirle a mi tia que le comprara en el mercado, para encenderlas en parte el dia primero, la menor parte, y el resto el dia 2. Cada veladora estaba dedicada a una persona que ya no vivia.
Eran los muertos de mi abuela.
A ninguno de ellos conoci yo fisicamente, pero sabia de la existencia e importancia familiar de algunos, mas bien pocos, y el resto solo eran nombres que a fuerza de escucharlos cada año entendia yo que me unia a ellos un lazo de sangre.
Daniel, Dominga, Pabito, Polo, Alfredo, Martha, Papanicho, y asi seguia la recitacion mientras mi abuela las encendia una por una, acomodandolas todas frente a imagenes religiosas y un gran vaso de agua. Aquellas veladoras le iluminaban el rostro como seguramente se iluminaba su memoria al pasar de un nombre a otro y de su boca salia una oracion imposible de distinguir para mi que observaba desde la distancia, sentado a la mesa, haciendo compañia a mi otra tia que seguramente limpiaba arroz o pegaba el boton a alguna camisa.
...
Hace unos pocos meses la vida de mi abuela Maria, igual la luz de aquellas veladoras, termino por extinguirse despues de casi nueve decadas y media. Hoy se ha convertido en una veladora ella misma, una de las mias, y comprendo mucho mejor aquel ritual porque se que aquellas veladoras que me parecian cincuenta eran una expresion, mas que de dolor, de amor y esperanza en algun dia verlos otra vez.
Y estoy seguro que asi ha sido.
1 lectores opinan...:
Tu Abuelita...debe estar contenta donde kiera ke este...por ke te dejo una gran enseñanza y sabe...ke fue algo muy importante en TU VIDA.
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